Natalia Andújar

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Annemaire Schimmel, decana de los estudios de sufismo (1922-2003)

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annemarie-schimmel-dpa-400Mañana se cumplen diez años de la muerte de Annemarie Schimmel. Recuperamos este texto de Terry Graham, publicado en la revista “Sufi”, para recordar la importante contribución de esta estudiosa del sufismo.

Avanzas y avanzas, doblado por el viento,

quemado por el sol,

y la flauta del pastor te dice “la Senda es sangre”;

hasta que gritas, ¡no puedo más!,

hasta que el lago de sal

no es otro que tus lágrimas secas

que reflejan el monte del gozo

más cercano a ti que tu corazón.

De esta manera expresaba la inspirada decana de los estudiosos del sufismo, la Profesora Annemarie Schimmel, su visión de la Senda sufí, una Senda que nunca abrazó formalmente pero con la cual mantuvo siempre una estrecha relación, trabajando con maestros y discípulos que sí estaban directamente comprometidos.

Murió a la edad de ochenta años, [un] 26 de enero, en Bonn, ciudad en la que vivía tras jubilarse de su puesto de profesor en la Universidad de esta ciudad; había compartido ese trabajo con un puesto de profesor en la Universidad de Harvard, de la cual era también emérita. Tras sufrir una caída que la llevó a ser ingresada en el hospital, al ser operada, entró en un estado de coma del que sólo saldría en una ocasión.

Antes de entrar al quirófano, había dictado la parte final del último capítulo de su última obra. Cuando salió del coma, consciente de que su tiempo llegaba a su fin, dictó sus últimas voluntades y su testamento, y luego expiró, indómita hasta el final.

Ha dejado ciento cincuenta publicaciones, que van desde modestos opúsculos a obras largas. Tan sólo en los aproximadamente diez años desde su jubilación, en 1992, escribió unas cuarenta obras, sin contar innumerables artículos, desde algunos académicos para revistas eruditas hasta otros de divulgación para periódicos y revistas generales.

Schimmel nació en 1922 en Erfurt, ciudad natal de un prominente maestro espiritual, el gran místico y profundo pensador del siglo trece, el Maestro Eckhart. Sus inclinaciones místicas se manifestaron desde su primera infancia, y lo hicieron bajo la forma de una profunda atracción por la cultura oriental. En eso seguía la misma tendencia de los románticos alemanes de los siglos dieciocho y diecinueve con su fascinación por el Oriente. Sus fuentes de inspiración fueron el West-östlicher Divan de Goethe, la gran adaptación de los poemas de Hāfez realizada por el gran poeta clásico, y la obra del poeta Friedrich Rückert (1788-1866), cuyas traducciones de Rumi la emocionaron profundamente.

A los 15 años, su sed de conocimiento del Oriente la llevó a buscar un profesor de árabe. Éste no le enseñó sólo las complejidades gramaticales del idioma, sino que la inició en la historia y la cultura del Islam. Vivía pensando en sus clases semanales de los jueves, y ocultaba esta dedicación a sus compañeras de clase, que nunca hubieran entendido por qué estaba estudiando una lengua semítica, sobre todo teniendo en cuenta el clima político de la Alemania de la década de los treinta.

Con los fantasmas de Goethe y de Rückert presentes, compuso una serie de traducciones en verso al alemán de Rumi y del mártir sufí Hallāŷ en la Navidad de 1940, en el marco de sus estudios, y completó su tesis doctoral, asombrosamente, a la temprana edad de diecinueve años.

En 1941, pues, tenía su título de doctorado en mano pero, en lugar de la universidad, fueron los servicios exteriores quienes la llamaron, y la contrataron como traductora en noviembre de ese año.

A medida que los bombardeos sobre Alemania se iban incrementando, al acercarse el final de la guerra, pasó a dedicarse a ayudar a la gente necesitada, buscando supervivientes entre las ruinas humeantes de la ciudad, y dando cobijo a los que se habían quedado sin hogar y sin techo.

Presentó su tesis post-doctoral el 1 de abril de 1945, y ese mismo día enviaron, precipitadamente, a todos los de su oficina a una zona rural en Sajonia, donde fueron todos capturados por los soldados norteamericanos. Mientras tanto, su padre moría en Berlín en el fragor de la batalla; como otros hombres, ya maduros, el gobierno le había hecho tomar las armas en ese último y patético intento por defender la ciudad ante el avance del ejército ruso.

Tras ser encarcelada una semana en un sótano, la transfirieron a Marburg, ciudad universitaria, el mismo día de la capitulación alemana. Allí, de forma inesperada, se halló encarcelada en el paraíso.

La internaron en uno de los dormitorios de la universidad, y recibía para su sustento las escasas raciones suministradas por las fuerzas de ocupación americanas. Pero, aprovechando las instalaciones universitarias, fue capaz de sacar provecho de su obligada estancia. Causó tan buena impresión al decano de la facultad de letras, el historiador de las religiones Friedrich Heiler, que éste la invitó a quedarse trabajando en un puesto oficial en la universidad. Su encarcelamiento se había convertido en una promoción en su carrera.

Se encontró con la suerte de ser contratada por una de las universidades más prestigiosas de Alemania, una institución que luchaba para recuperarse de las cicatrices de la guerra —no de las físicas, como sucedía en las grandes ciudades, sino de las ideológicas que tanto habían afectado a las instituciones de enseñanza. Su honestidad y su tenacidad en el empeño la situaron en una buena posición para aspirar a un puesto prestigioso, e hicieron que la nombraran profesora de Árabe y Estudios Islámicos a la temprana edad de 23 años, siendo además la segunda mujer en ejercer en la facultad.

Heiler fue quien la inició en la aproximación fenomenológica al estudio de las religiones, que ha constituido luego la base de sus análisis de la doctrina y de la práctica sufí e islámica. También la benefició el que éste fuera un defensor del papel de la mujer —le apodaban “el santo patrón de las profesoras”. Fue también uno de los que primero propusieron la incorporación de la mujer al clero luterano.

El trabajo de Schimmel junto a Heiler en historia de las religiones, la llevó a contactar con los dos grandes estudiosos suecos de este tema, Nyberg y Widengren; y finalmente, su participación en la primera conferencia internacional sobre esta materia, que tuvo lugar en Amsterdam en 1950, le hizo conocer al gran Louis Massignon, experto en Hallāŷ y promotor durante toda su vida del ecumenismo entre la Cristiandad y el Islam.

Entre tanto, había conseguido su segundo doctorado en Marburg, sobre historia de las religiones. Aprovechando la conferencia anterior, realizó un breve viaje a Suiza para ver a Fritz Meier, a quien consideraba como “la mayor autoridad en el estudio del sufismo”; se hicieron amigos íntimos, y esa amistad duraría hasta la muerte de éste, que tuvo lugar tan sólo un par de años antes de la suya.

1952 fue su año decisivo. Por vez primera, podía visitar un país que formaba parte del mundo que estudiaba, Turquía. El momento crucial de su primera estancia fue, por supuesto, su peregrinación a la tumba de Rumi en Konya, en la que finalmente pudo recrearse en ese lugar, santificado por la presencia del maestro y poeta en cuyas obras había estado inmersa durante tantos años.

“Tras experimentar la cálida amistad de la gente en todas las facetas de la vida,” recordaba melancólicamente, “Alemania me pareció fría y poco amigable.” Como resultado de esto, recordaba, “acepté con gran alegría el ofrecimiento de la Universidad de Ankara para entrar en su Facultad de Teología Islámica, de reciente creación, y enseñar en ella, en turco, historia de las religiones, a pesar de ser mujer y cristiana.” Ocupó ese puesto durante cinco años, e invitó a su madre a acompañarla en sus apasionantes visitas a los paisajes de Anatolia y sus vestigios sufíes, existentes tanto en sus formas tradicionales como en la vida moderna.

La incansable Schimmel se puso a traducir al alemán, en verso, la obra Ŷāwid-nāma, del poeta persa-urdu Iqbal, y, tras pedírselo sus amigos, la trasladó en prosa al turco, incluyendo unos comentarios. Esto hizo que la invitaran a Pakistán en 1958, y fue el inicio de la segunda pasión cultural de su vida.

Hizo unos treinta viajes a Pakistán, en los que desarrolló una relación calurosa no sólo con sus gentes, sino con las instituciones culturales y académicas, e incluso con el propio gobierno, lo que la hizo merecedora de la más alta condecoración civil de ese país, la Hilal-i Pākistāni. Es más, era frecuentemente invitada en la televisión, con lo cual se convirtió en un personaje bien conocido del gran público. En 1982 era tal su popularidad, que le dieron su nombre a una calle en Lahore.

En 1966 decidió aceptar una invitación para una estancia prolongada como profesora en Harvard. Uno de los factores que la impulsaron a aceptar fue el comentario que le hizo el jefe de su departamento en Bonn, “Señorita Schimmel, si fuese un hombre, conseguiría usted una cátedra”.

Tuvo tanto éxito con sus cursos, que le ofrecieron, en 1970, ser profesor titular de Cultura Indo-musulmana. Ocupó este puesto durante más de veinte años, hasta su jubilación en 1992.

Disponiendo ya de la plena titularidad, adaptó el horario de su programa, doblando el número de clases en el semestre de primavera, con lo que se liberaba en el de otoño que compartía entre Bonn y la India.

Fue elegida, en 1980, presidenta de la Asociación Internacional de Historia de las Religiones, y fue la primera mujer y el primer islamólogo en ocupar dicho cargo. En 1992, pronunció el prestigioso curso magistral Gifford Lectures en Edimburgo, que fue publicado en 1994 con el título: Descifrando los signos de Dios: una aproximación fenomenológica al Islam.

Fue una gran amiga del Aga Jan, y estuvo en contacto con el Instituto de Estudios Ismaelíes de Londres, en el que impartió cursos de verano. Actuó también frecuentemente como presentadora y moderadora en numerosas conferencias organizadas por instituciones como la London School for Oriental and African Studies, la Furqan Foundation y la Royal Asiatic Society.

Su obra maestra, sin igual en el tratamiento del sufismo desde un punto de vista accesible a los legos, es Dimensiones místicas del Islam, cuya primera edición es de 1975, y que ha sido reeditada en numerosas ocasiones. Es además la autora de dos obras clave sobre Rumi, El sol triunfal: un estudio de las obras de Ŷalaloddin Rumi (1978) y Yo soy viento, tú eres fuego: vida y obra de Rumi (1992), y lo es también de una traducción al alemán de los Discursos (Fihi mā fihi) del maestro.

Su autoridad en temas relativos a la cultura y a la mística islámicas, unida a su facilidad para comunicar a todos los niveles, queda patente en un conjunto de trabajos únicos en este campo, como El ala de Gabriel: Un estudio de las ideas religiosas de Sir Muhammad Iqbal (1963), Caligrafía islámica (1970), El Islam en la India y Pakistán (1982) y Muhammad es Su mensajero: la veneración por el Profeta en la piedad islámica (1985); debe también destacarse un estudio literario único, tanto por su facilidad de comprensión como por su estilo cautivador, Como a través de un velo: poesía mística en el Islam (1982).

Sus relaciones con Turquía y Pakistán fueron especialmente intensas, por lo que dejó numerosos discípulos entre sus estudiantes turcos y pakistaníes, jóvenes en los que había fomentado el interés por los estudios literarios del Islam en general y por el análisis de los clásicos sufíes en particular. Era una erudita de cabeza a pies, pero abordaba estos temas como una enamorada, con lo cual combinaba como nadie en su enfoque el rigor, el lirismo y la humanidad.

Su punto de vista académico queda muy bien reflejado en una de sus afirmaciones:

Cuando aprendí a utilizar el enfoque fenomenológico de las religiones, que parece favorecer la comprensión de las manifestaciones externas de las religiones y que guía poco a poco al buscador hasta el corazón de cada religión, me convencí, y sigo aún convencida, de que ese enfoque puede conducir a una tolerancia muy necesaria, sin necesidad de perderse en peligrosos y desviados puntos de vista sincréticos que pretenden borrar todas las diferencias.

Por otra parte, su visión de la vida queda de manifiesto en su definición del tema central de su obra, que revela el espíritu siempre vivo que la impulsaba:

El sufismo es tener alegría en el corazón en tiempos de tribulación.

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Autor: Natalia Andújar

Profesora y activista.

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