8 de marzo, día internacional de las mujeres

Forges. Día Internacional de la mujer
Forges. Día Internacional de la mujer

Desde 1909 se celebra el día internacional de las mujeres para conmemorar los esfuerzos que se realizan en pos de la igualdad de género. Se trata de un día de reflexión en el que se hace un balance sobre las reivindicaciones de las mujeres y de los hombres comprometidos en la mejora de sus sociedades.

Los avances son importantes: en muchos países árabes se está generalizando el acceso de la mujer al voto, Turquía ha puesto en marcha un proyecto de revisión de hadices que atentan contra los derechos de las mujeres, España aprobó el año pasado la Ley de igualdad entre mujeres y hombres, y en 2004 la Ley de medidas de protección integral contra la violencia de género. Además, en muchos países, incluyendo a Marruecos, Uganda, Canadá, o España, entre otros, han aprobado legislaciones para penalizar la mutilación genital femenina. Estos datos son esperanzadores pero ya sabemos que la sociedad no cambia a golpe de leyes. Debe haber voluntad política para que se apliquen. Es necesario, pues, que estas medidas tengan una traducción real en la mejora de nuestras sociedades.

Voluntad política significa dedicar fondos para ayudas sociales, educación, formación (tanto para las mujeres como para los diferentes actores sociales), pero también significa revisar planteamientos que suponen una discrimación evidente: me refiero a la política actual de reagrupación familiar que impide que las mujeres trabajen o la ley contra el maltrato, que no protege a las mujeres ilegales.

Creyentes y feministas

No obstante, en esta lucha por la igualdad de género, hay desacuerdos profundos sobre las prioridades y los análisis respecto al origen de las discriminaciones. Como musulmana y feminista no me identifico con la lucha de ciertas feministas laicas antireligiosas ya que, aunque no se les puede reprochar que su constatación sobre el estatus discriminatorio de las mujeres musulmanas sea objetiva, no es menos cierto que en sus análisis parten de una premisa errónea. Confunden el Corán, un mensaje espiritual para todos los hombres y mujeres, con las leyes humanas que se codificaron hace siglos.

Así, ciertas tesis feministas trasnochadas se han convertido en metáforas del racismo ya que alimentan representaciones y prácticas racistas, de forma eufemística, y por lo tanto, “respetable”. Las mujeres musulmanas deben poder llevar una vida personal y familiar libre e independiente y para ello no tienen por qué renegar de su religión.

Pero esta crítica sería parcial si no se tuviera en cuenta que muchos hombres y mujeres musulmanes en Europa también rechazan que el Islam y el feminismo sean compatibles. Ese rechazo funciona a modo de espejo: refleja la imagen negativa en la que la sociedad mayoritaria encierra a los musulmanes. En lugar de buscar valores comunes, se reafirmarán en lo que les separa para proteger la supuesta “tradición”. De esta manera, las mujeres musulmanas son utilizadas como “cabeza de turco” por unos, y por otros, como “último bastión”.

Hemos de superar esas visiones estereotipadas y luchar para que todos los ciudadanos europeos gocen de los mismos derechos, con independencia de su sexo o religión. La islamofobia constituye una violación de los derechos humanos y una amenaza para la cohesión social y, concretamente, la discriminación contra las mujeres musulmanas, ya sea en su casa, en su lugar de trabajo o en cualquier otro espacio, debe combatirse.

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La mujer como arma política

Mujer trabajando.
Mujer trabajando.

Cualquiera que tenga un mínimo de sentido común se habrá dado cuenta de la manipulación del PP al querer regular el uso del pañuelo en medio de una campaña electoral. A pesar del uso político del tema, los ciudadanos de a pie no debemos plegarnos a las agendas de ningún partido (sea cual sea y por mucho que estemos en plena campaña). Por eso, me parece importante denunciar el alcance perverso de esta propuesta y sobre todo poner sobre la mesa lo que está en juego.

No nos engañemos, no se trata de defender los derechos de las mujeres sino de ganar votos a costa nuestra. La estrategia es evidente: si los musulmanes reaccionan en contra de la propuesta, parecerá que defienden a otros partidos, y por ahora, en España ningún partido quiere ser “defendido” por los musulmanes. Lo que irónicamente beneficiaría al propio PP.

El argumento utilizado no puede ser más simplista: puesto que el pañuelo es un símbolo de discriminación, éste debe prohibirse en las escuelas. El uso del sofisma parece haberse convertido en práctica habitual entre los políticos: La ley prohíbe la discriminación. El pañuelo discrimina a las mujeres. Entonces la ley debe prohibir el pañuelo.

El pañuelo tiene tantos significados como quieran darle las mujeres que lo llevan. El problema es cuando se quiere imponer una visión ajena, ignorante y esencialista del mismo. Una mujer con un nivel de estudios superiores, que trabaja, que se gana bien la vida y que lleva un pañuelo ¿está discriminada? Y una mujer a la que han despedido por estar embarazada, sin pañuelo, ¿lo está? Claro que la realidad no es tan binaria. También hay mujeres que no encuentran trabajo porque no quieren quitarse el pañuelo. Y en este caso sufren una discriminación religiosa y no sexual. A estas últimas la ley las protege rara vez.

Dejemos de una vez por todas que las mujeres sean libres para decidir cómo se quieren vestir. Legislar sobre su vestimenta no es más que una forma de machismo. ¿O también vamos a legislar sobre las minifaldas y los escotes?

La discriminación está presente en todos los ámbitos (político, económico, educativo) y afecta a todas las mujeres. La solución fácil es hacer creer que el pañuelo es el responsable de todos los males. De esta manera miramos para otro lado y obviamos los problemas acuciantes de nuestra sociedad.

Pero volvamos a la cuestión que nos interesa. El debate no tiene que ver con el pañuelo, ni con los derechos de las mujeres ni siquiera con el concepto de laicismo. De lo que se trata es de distraer nuestra atención y utilizarnos para que tomemos partido en una lucha política que no va a mejorar en absoluto la situación de las mujeres. Porque si tanto empeño tienen en velar por nuestros derechos ¿por qué nunca se pide nuestra opinión? ¿Con cuántas mujeres musulmanas se ha reunido el PP para elaborar su propuesta? Con nadie. No ha habido ninguna comisión ni de expertos, ni de mujeres ni de actores sociales. Para qué, si eso no da votos.

Pañuelo sí, pañuelo no, esa no es la cuestión

Mujeres estudiando.
Mujeres estudiando.

Todas las feministas defendemos un mismo principio inalienable: la igualdad entre hombres y mujeres. No puede haber excepciones ni excusas aunque éstas se apoyen a menudo en razones religiosas y/o sociopolíticas. Pero eso no significa que haya una única manera de luchar contra el machismo.

Defender la liberación de las mujeres mediante la imposición ideológica de algunas feministas laicas sobre las mujeres de otras culturas y de otras creencias es una contradicción en sí. De hecho, se cae en otra forma de machismo, esta vez la mujer blanca, burguesa y occidental se sitúa en un plano superior y se otorga un papel de “salvadora” frente a la “pobre víctima” sumisa y cubierta con el pañuelo. Este esquema no hace más que reproducir los estereotipos.

Por desgracia, ciertos sectores feministas de nuestro país utilizan esos discursos paternalistas en beneficio propio, para dinamizar un movimiento que ha perdido fuerza y no sabe cómo regenerarse en un contexto diverso y plural.

Christine Delphy, militante histórica por los derechos de las mujeres afirma que “el feminismo debe ser mundial o sino no es feminismo. Debe tener en cuenta las luchas de todas las mujeres del mundo, y de todos los grupos de mujeres. Las que llevan el pañuelo sólo pueden luchar a partir de su propia vida y de su propia experiencia. Un feminismo que excluye la vida y la experiencia de ciertas mujeres no puede ser válido”.

El debate se sitúa, pues, en ese punto. ¿Las mujeres deben renegar de sus creencias religiosas para emanciparse? Si afirmamos que el pañuelo no tiene cabida en el espacio público porque es un símbolo discriminatorio, estamos otorgándole un significado monolítico y esencialista. Al contrario, éste cambia en contextos diferentes por lo que identificarlo con los usos que se dan en otros países significa considerar a las niñas y jóvenes nacidas en España (y por lo tanto españolas) como eternas extranjeras. ¿Qué tendrá que ver el pañuelo de una chica que estudia o de otra que trabaja con el pañuelo de una mujer discriminada?

En su artículo “La democracia, el velo y la tolerancia” (EL PAÍS, 22-10-07) Amelia Valcárcel afirmaba que “como el Estado no apoya a ninguna religión, sino que las protege a todas, en sus espacios, los públicos, incluidos los educativos, no debe haber signos religiosos”. ¿Proteger significa entonces anular? ¿Por qué la expresión de cierta religiosidad es ofensiva? ¿Si una alumna lleva una cruz, un pañuelo o una camiseta del Che está haciendo proselitismo?

Una cosa son los signos religiosos fijos, como un crucifijo en la pared porque la institución pública debe ser “neutral”, y otra que se prohíban los signos religiosos móviles. A menos que queramos cambiar la Constitución, debemos respetar las convicciones religiosas de los ciudadanos.

En realidad el debate del pañuelo es un falso debate porque se utiliza para ocultar los verdaderos problemas que afectan a nuestra sociedad: desigualdad de trato por causas religiosas, discriminación laboral, islamofobia, racismo. Se acusa a ciertos colectivos musulmanes de ser diferentes, de ofender al querer afirmar su identidad cuando de hecho esa diferencia les viene impuesta desde fuera.

La medida represiva que propone Valcárcel tendría unas consecuencias muy negativas para la sociedad española: aumentaría la desconfianza y el miedo hacia el “otro”. Reprimir significa acentuar el resentimiento legítimo que pueden sentir algunos jóvenes hacia una sociedad mayoritaria que no les acepta con sus diferencias Y es que lo que se les está diciendo es que tienen deberes pero no tienen derechos.

El multiculturalismo no es simplemente la simpatía por el folklore o la gastronomía, esa es una comprensión orientalista del término. El concepto va más allá de lo anecdótico. El multiculturalismo no significa tolerancia, sino respeto por las culturas y creencias. Ninguna cultura se presenta como superior a otra, ni siquiera la cultura “no religiosa” debe ser entendida como poseedora de la única verdad, porque sino caeríamos en un fundamentalismo laico.

Es ingenuo pensar que la eliminación de cualquier signo religioso puede asegurar una neutralidad total o que contribuye a emancipar a las chicas. De hecho, la neutralidad absoluta no existe y se confunde con la uniformidad. Podemos uniformizar nuestra apariencia pero por suerte no podemos uniformizar las conciencias.

Diario de una conversa (2)

Diario.
Diario.

París, 21 de Ramadán

Ayer volví a ver las fotos de mis viajes. Hacía mucho tiempo que no las miraba. Los álbumes estaban cubiertos de polvo, algunos estaban incompletos, otros amarillentos. Me pregunté si me acordaría de cómo era en aquella época. La verdad es que no estaba segura.

Diría que fui una adolescente sin problemas, estudiosa y solidaria, aunque con mucho carácter e incluso mal genio. Mis ansias juveniles por cambiar el mundo me llevaron a Senegal. Ya queda lejos ese 1993 que cambiaría mi vida. Me fui a construir letrinas a un poblado en el que había una epidemia de cólera.

Después de ese viaje iniciático, se sucederían muchos más. Idas y vueltas entre dos mundos, dos realidades. Pronto me convertí en una senegalesa de adopción. Me llamaban Ndeye, la madre, una marca de respeto ya que para los musulmanes el paraíso está a los pies de la madre.

En 1999 decidí irme a vivir a ese país que me había transformado, que me había permitido conocer la universalidad del ser humano. Estuve un año en la Universidad Cheikh Anta Diop, aprendiendo de mis alumnos, compartiendo sus esperanzas y sus frustaciones, hasta que llegaron las huelgas generales durante las elecciones presidenciales.

Allí aprendí el Islam de la experiencia, el Islam telúrico, colectivo, alejado de los estereotipos transmitidos por los medios de comunicación. Me impresionó la fuerza de la tradición oral, heredada de los griots. Me pasaba las tardes escuchando leyendas e historias familiares. Tenía la sensación de volver al mundo mágico de la infancia.

Me contaron la leyenda del baobab, uno de los árboles más bellos del continente, admirado por todos por su follaje y flores. Su vanidad creció tanto que los dioses lo castigaron, enterrando sus ramas y dejando a la vista sus raíces. En efecto, parece un árbol invertido que, con sus ramas extendidas en orden anárquico, pretende implorar el perdón de los dioses.

Conocí los cantos nocturnos de las turuq y descubrí el sonido familiar del muezzin, los sacrificios de los corderos en el Aid, el respeto por los mayores, los pobres y los necesitados y ¡como no!, la teranga senegalesa, la hospitalidad.

Mi retiro senegalés me permitió estudiar el Qur’an a diario. Las primeras lecturas fueron muy difíciles, duras, incluso diría que insoportables. Pero al igual que la arcilla, todavía era impermeable a la lluvia divina de la Revelación, hasta que poco a poco me pude diluir en ella.

Sin embargo, no me conformé con vivir en una burbuja espiritual, que a la larga deshumaniza, sino que también oí las voces de muchas mujeres, musulmanas y feministas, no conformes con el estatuto que les había asignado la tradición. En mis tertulias diarias con otras mujeres surgía una y otra vez la misma reivindicación: ¡querían trabajar para ser independientes económicamente!

Descubrí la literatura feminista africana a través de Une si longue lettre, de Mariama Ba o Parole aux Négresses, de Awa Thiam o aún La grève des bâttu, de Aminata Sow Fall. Esta literatura, considerada hasta ahora como marginal, es una literatura emergente que habla de las minorías: mujer y negra y defiende un “feminismo africano”.

Gracias a mi estatuto de “tubab” (blanca) me salté muchas normas impuestas a las mujeres, pero no me interesaba que me trataran de manera especial. No acababa de entender el reparto injusto del espacio público/privado o la hipocresía de una poligamia al servicio del ego masculino. A pesar de las apariencias, yo no venía de una cultura tan diferente.

Recuerdo que en una ocasión, una de mis maestras en el Islam me dijo de manera un tanto cínica pero muy cierta que si me hubiera enterado de cómo se comportaban los musulmanes antes de pronunciar la shahada, seguramente nunca me hubiera hecho musulmana.

La lista de injusticias que sufrimos las mujeres es larga y mi visión del Islam siempre ha sido crítica, abierta y a la vez regeneradora. Pero es muy difícil hacer una autocrítica sin caer en un ajuste de cuentas o en el simplismo más desalentador. No se trata de hacerles el trabajo sucio a los islamófobos.

De lo que estoy hablando es de la apropiación de la visión del Islam por parte de los fanáticos e intransigentes de toda índole, del abismo entre lo que el Islam predica y la actitud de muchos musulmanes. Muhammad dijo que “el din (la religión) es la manera de comportarse de los musulmanes”. El Islam no tiene dogmas y no puede reducirse a un legalismo anquilosado.

No podemos hablar de piedad y maltratar a las mujeres, no podemos hablar de que el Islam significa paz y recurrir a la violencia, no podemos decir que en el Islam todos somos iguales y en cambio ser misóginos. No podemos porque es una contradicción total. Así que una se pregunta, ¿por qué después de ver tantas injusticias apabullantes una sigue siendo musulmana?

Debo reconocer que cuando nacieron mis hijas, atravesé una época de crisis, las dudas me asaltaron, había demasiadas cosas que no me cuadraban. Hasta que por fin encontré lo que había intuido desde hacía muchos años: que una podía trabajar, decidir cómo debía vestirse, tener espíritu crítico, acceder a la interpretación de los Textos Sagrados y seguir siendo musulmana. En definitiva, que existía un feminismo islámico.

Por aquel entonces, ya me encontraba aquí, en Francia. El impacto de este descubrimiento fue muy grande y me permitió conciliar mi fe con mi trayectoria personal. Descubrí el inmenso legado de nuestras antepasadas defensoras de los derechos de las mujeres: Jadiya, Aisha, Umm Salama, Sakina. Y leí con avidez los trabajos de intelectuales musulmanas que luchan actualmente por la igualdad de género dentro del Islam: Amina Wadud, Asma Barlas, Riffat Hassan, Ziba Mir Husseini, Kecia Ali, Asma Lamrabet y tantas otras…

Diario de una conversa (1)

Diario.
Diario.

París, 20 de Ramadán de 1428

Querido diario:

Aunque no tengo el síndrome de la hoja en blanco, hablar de una misma siempre significa desnudarse un poco, mostrarse vulnerable. Lo detesto profundamente. Pero la dificultad de esta tarea supone un reto para el nafs. Puede más el afán de superación interior que el pudor y el miedo a tu mirada. Sobre todo supone rendirle cuentas a una misma y quizá asomarse al espejo trucado de nuestra propia imagen; fragmentos de una identidad compuesta de retazos inacabados. Se trata de una historia que nadie puede escribir por nosotros porque en realidad se va escribiendo a sí misma conforme la vamos viviendo.

Como sabes, hace ahora casi 9 años que abracé el Islam. Aunque todavía sigo recordando con emoción ese momento, al revés de lo que les suele ocurrir a otros “conversos”, no supuso el inicio de nada milagrosamente nuevo, ni siquiera una ruptura con mi vida anterior, sino más bien se trataba de un capítulo sin fracturas, una transición perfecta. Lo paradójico es que a pesar de esa linealidad ininterrumpida, incluso difusa, que supuso mi vuelta al Islam, desde entonces el tiempo ha ido marcando inexorablemente mi vida, acompasada por un reloj caleidoscópico: un 20 de diciembre de 1998 pronuncié mi shahada, la profesión de fe. El mismo día tuvo lugar otro nacimiento, el de mi sobrina, con la que además comparto el mismo nombre. Por cierto, a mi cuñada (su mamá) y a mí nos llaman hermanas gemelas porque nacimos a la misma hora y en la misma fecha. Y como era de esperar, mi hija mayor se llama como ella. Entre tanta coincidencia abrumadora aparecen dos elementos indisociables: el nacimiento y el nombre.

Muhammad (s.a.s.) dijo en cierta ocasión: “Todo recién nacido aún conserva el sentido y la naturaleza de todas las cosas, la Fitra con la que Allah lo ha creado todo; son sus padres quienes lo hacen cristiano, judío o zoroastriano”. Sus compañeros replicaron: “…o musulmán”. Y Muhammad (s.a.s.) les respondió: “No, el recién nacido siempre es musulmán; el Islam es la Fitra”.

Algunos piensan que éste y otros ahadiz son una muestra evidente de la intransigencia del Islam. En verdad, los lectores perezosos son ignorantes y arrogantes. “Musulmán” significa “aquel que se somete a Dios” e “Islam”, “sometimiento inmanente”. No se han enterado de que el Islam es más que una simple religión en su dimensión histórica.

Así pues, la historia de mi conversión es la historia de un nacimiento, a la vez principio y fin, instante en el que el tiempo desaparece, en el que se funde en el Yo. La shahada es nacimiento y parto espiritual de uno mismo. Al igual que un recién nacido, oímos nuestro propio susurro al pronunciar La ilaha illa Allah, Muhammadan Rasulullah.

Durante mi infancia, como la de muchos otros españoles nacidos durante la transición española, no se hablaba de religión. Era una especie de tabú o de pesadilla que se quería olvidar lo más rápidamente posible.

Por parte paterna, me marcarían para siempre las historias que me contaba mi abuela sobre el sufrimiento que supuso la guerra civil, la dictadura de Franco y la emigración andaluza en Cataluña. Esos relatos eran testimonios trágico-cómicos sobre la separación forzada, la integración en otras tierras y la identidad perdida. Temas que por desgracia hoy en día son de rabiosa actualidad. La miseria y el sufrimiento no sabe de nacionalidades.

Al mismo tiempo, por parte materna me acunaron con las historias sobre el parisino mayo del 68, su energía y radicalismo juvenil, sus ansias de libertad y la subversión ante el orden establecido. Así es que crecí en el seno de una familia típica del socialismo de transición, cuya relación con el pasado todavía era tensa, pero que tenía muchas esperanzas depositadas en el futuro democrático de nuestro país…

Ni Putas Ni Sumisas y la instrumentalización política de la batalla contra el velo

Ni Putas Ni Sumisas
Ni Putas Ni Sumisas

El feminismo de encargo

Según la versión oficial, la asociación Ni Putas Ni Sumisas (NPNS), que se autocalifica como movimiento, fue creada en 2003 después de la Marcha de las mujeres de los barrios contra los guetos y por la igualdad.

En realidad, se trata de una creación de SOS Racismo, a su vez creado por Julien Dray, cuyos discursos son de lo peorcito dentro del Partido Socialista.

Esta asociación ha contribuido con creces en la campaña mediática contra las barriadas de las ciudades francesas y el Islam. Tanto los partidos políticos (desde el Partido Socialista hasta el UMP) como los periodistas se han subido al carro del movimiento. Pero los políticos que elogian a esta asociación son los mismos que no aplican la paridad, por ejemplo, al reducir las subvenciones de las asociaciones de mujeres o cuando sólo tienen en cuenta a las mujeres extranjeras dentro de la célula familiar, es decir, que no existen como seres independientes.

La asociación se considera como “un movimiento de renovación del feminismo apoyado en la base popular y que no se posiciona como movimiento contestatario y subversivo, sino que a pesar de que critica la falta de eficacia y de acción de los poderes públicos, intenta actuar conjuntamente con ellos e influir en los procesos de decisión administrativos y legislativos” (1).

De todos es sabido que los poderes públicos le han concedido subvenciones exorbitantes en comparación con las asociaciones de base que tienen que mendigar cada euro que reciben (2). El objetivo no es otro que comprar una paz social y de paso, ganar algunos votos, sobre todo después del desastre electoral de 2002 con la fulgurante ascensión de los lepenistas.

No obstante, en la nueva carrera electoral, los políticos han cambiado de estrategia y han preferido aparcar al movimiento hasta nuevo aviso.

Mientras tanto, los dirigentes de NPNS (todos ellos militantes socialistas) gozan de un relativo prestigio social por sus servicios leales. Curiosamente, la estafa por parte de Mohamed Abdi, Secretario General de NPNS, sobre un desvío de fondos públicos, apenas apareció en la prensa (3). En un primer momento fue condenado aunque después salió airoso gracias a un recurso de casación.

También sorprende el posicionamiento de la presidenta de la asociación, Fadela (Fatiha) Amara, para la que el antisemitismo es la madre de todos los racismos, y afirma que es lo primero contra lo que se debe luchar. Debe ser por eso por lo que participó el año pasado en “La primavera de los Derechos Humanos y la fraternidad”, coordinada por Marc Lumbroso, presidente de B’nai B’rith Francia (4), acompañó a Anne Hidalgo del ayuntamiento de París y a Dominique Bertinotti, alcalde del 4° distrito de París, en su visita a Israel o participó en mayo de 2006 junto a Alain Finlkielkraut y la élite socialista y la de derechas en un “encuentro republicano” organizado por la Liga contra el Racismo y el Antisemitismo (Licra), el Gran Oriente de Francia y la Unión de Estudiantes Judíos de Francia (UEJF). Todo ello, evidentemente para luchar contra el antisionismo (perdón, el antisemistismo) y porque los otros tipos de racismos no son prioritarios.

Aparte de los elogios hacia esta asociación, sabiamente construidos por parte de los políticos y de la prensa mainstream, su discurso ha suscitado muchas críticas porque convierte a la mayoría de las musulmanas en eternas víctimas al negarles cualquier existencia mediática y política.

No nos engañemos, no se trata de un nuevo feminismo sino de un feminismo de Estado sin ninguna base social. Quizás en sus inicios su discurso, en el que todo encaja como por arte de magia (el Islam oprime a las mujeres) unido al impresionante despliegue mediático, cautivó a las masas. Pero pronto bajó la espuma.

La islamofobia como tela de fondo

El movimiento NPNS se ha apoyado en tres puntos para mediatizar su acción: el escándalo de las violaciones colectivas, el crimen brutal de la joven Sohane y el debate sobre la ley contra los signos religiosos. En realidad, no se trataba de que progresaran los derechos de las mujeres sino más bien de estigmatizar al hombre arabo-musulmán de los suburbios, como un granuja que vive entre la mezquita integrista y el cuarto de basuras donde se viola.

Así apareció un “feminismo mediático” instrumentalizado con fines políticos para organizar la división de géneros en las barriadas y aumentar la islamofobia. “Liberemos a la bella Fátima pero démosle una paliza al peligroso Mohamed” no es más que un atavismo de una gestión de géneros que ya existía en la época de las colonias con sus ceremonias de desvelamientos de mujeres indígenas.

Como lo afirma Elise Lemercier, doctoranda en Sociología en la universidad de Metz: “Al no tener en cuenta la articulación de las relaciones sociales desde una perspectiva crítica, la acción de NPNS ha producido unos efectos contradictorios como la invisibilidad del sexismo mayoritario, el refuerzo de un sexismo identitario e incluso la legitimación a posteriori de las discriminaciones hacia las minorías étnicas. Además, NPNS no se ha enfrentado contra las diferentes formas de racismos internos del movimiento feminista ni contra el beneficio que sacan las mujeres mayoritarias cuando hablan en nombre de todas” (5).

La situación de las mujeres de las barriadas no ha mejorado porque aparte de su “Guía del respeto”, que se repartió en las escuelas y de algunas conferencias muy mediatizadas, su implantación en los barrios es prácticamente nula. En cambio, su discurso simplificador y sesgado ha tenido unas consecuencias muy negativas.

La socióloga y antropóloga Christelle Hamel lo resume de la siguiente manera: “NPNS tienen razón cuando denuncian la violencia en las barriadas, porque existe, pero el problema es cómo la sociedad francesa percibe esta denuncia. La imagen mediática clásica, era la de un joven árabe delincuente. Ahora se trata de un joven árabe delincuente y violador”.

El politólogo Hicheme Lehmici va más allá cuando afirma que este movimiento ha permitido que los actores políticos le den la vuelta al discurso y a la visión del problema. De esta manera, los habitantes de las barriadas no son las víctimas de unas políticas erróneas sino que han pasado a ser los acusados. Al gobierno le interesaba sobremanera difundir esa visión ya que había dejado que la situación social se degradara.

NPNS se convierte así en una interlocutora privilegiada para los suburbios, en los que la clase política había fracasado. Eso explica la colaboración explícita de la clase dirigente y su apoyo a la asociación.

El escritor Pierre Tévanian denuncia el desfase entre el discurso de sus responsables, es decir, concebido y adaptado a la clase política mediática dominante (blanca, burguesa, masculina) y los discursos, objetivos y misiones que se supone que defiende la asociación.

El resultado es concluyente: se ha desviado la atención sobre los verdaderos problemas que afectan a los franceses. Es más fácil aceptar la violencia en las barriadas que en la sociedad francesa en general y, en ese sentido, se ha instrumentalizado a NPNS.

Según un estudio de Laurent Mucchielli (6), director del Centro de Investigación Sociológica sobre el Derecho y las Instituciones Penales (Cesdip), la palabra “tournantes”, que designa las violaciones colectivas cometidas por jóvenes de las barriadas, sería una construcción mediática reciente; y la referencia constante al origen magrebí o africano de los violadores ha desembocado en una identificación entre violaciones colectivas e Islam. En su opinión, es una muestra de la tendencia actual xenófoba que diaboliza a los arabo-musulmanes.

Tal y como lo confirman las investigaciones recientes, los casos de violaciones colectivas son escasos y los autores de las mismas muy diversos. Al ocultar un análisis real de las violaciones colectivas se han fomentado las lecturas culturalistas y los simplismos de la extrema derecha. Es decir, si algunos jóvenes de las barriadas son violentos, y en concreto si son violentos contra las mujeres, se debe a su cultura y a su religión.

Pretender que el Islam es una religión intrínsecamente violenta y misógina significa faltar a la verdad y atribuirle una esencia inamovible que obliga a meter en el mismo saco a todos los habitantes de un barrio, sin tener en cuenta las individualidades, ni las condiciones sociales e históricas. Y a eso se le llama simple y llanamente islamofobia.

El pseudo-debate en España

Por otro lado, no debemos olvidar que esta asociación ha sido la instigadora y defensora de la ley contra el velo en Francia. Ana Guerrero, presidenta de la delegación de NPNS en Barcelona, nos presenta su brillante reflexión al respecto: “Yo estoy convencida de que el velo es un instrumento de sumisión y creo que en España se debería empezar a tratar el tema. No me gustaría ver a chicas con hiyab en el colegio o en institutos públicos y quizá dentro de unos años deberíamos observar la ley francesa. Aunque sería fantástico no tener que hacerlo porque eso significaría que tenemos un Islam abierto” (7).

Es decir, hay un Islam abierto y otro cerrado, uno de buenos y otro de malos y las mujeres que llevan el velo pertenecen a ese Islam cerrado y malo. El nivel de reflexión y profundidad argumentativa no puede ser más elocuente, sin tener en cuenta los estudios sociológicos actuales que niegan esa visión simplista de la realidad. (8)

En su misión salvadora, las mujeres ingratas que se ponen el velo no pueden acceder a esa supuesta liberación . Las NPNS dicen que son una asociación feminista que reúne a las mujeres de los suburbios parisinos pero en realidad discrimina a las francesas musulmanas que llevan velo ya que está prohibida su adhesión (9). ¿Acaso no la libertad de asociación y de expresión no se aplica para todos? Y si otra asociación se atreviera a llevar a cabo una discriminación bajo un criterio religioso, por ejemplo, una asociación que prohibiera la adhesión a los ciudadanos que llevasen un crucifijo, ¿cómo reaccionaríamos?

Según Ana Guerrero, “creó esta asociación para defender los derechos de las mujeres musulmanas”, pero ¿cómo va a defenderlos si lo que pide es que el Estado recorte sus derechos civiles? El Estado no puede entrar en cuestiones que atañen a la libertad personal. “Imponer por su bien” es el viejo argumento colonialista en el que subyace un sentimiento de superioridad frente al salvaje.

Así es que últimamente oímos hablar a menudo de la necesidad de llevar a cabo un debate sobre el velo, tanto desde la administración pública como desde ciertos sectores feministas extremistas laicos y de ultraderechas (10). Pero si queremos emular al vecino galo, por lo menos debemos conocer todos los aspectos del pseudo-debate y no sólo lo que nos llega a través de la prensa o las versiones oficiales interesadas.

Pues debatamos. Debatamos sobre el resultado de esa ley, sobre por qué si una mujer lleva velo no puede trabajar, sobre por qué a veces la miran mal y la insultan, por qué no puede enseñar ni aprender en la escuela pública si lo lleva y por qué siempre se habla en su nombre.

La respuesta es evidente para algunos. Juan María del Pino, presidente de la Confederación Andaluza de Asociaciones de Padres de Alumnos de Centros Católicos (Confapa) está convencido de que el velo “es una imposición machista”. Pero desde esa perspectiva, sorprende que a la “pobre víctima” se le castigue por ello a estar en paro, a sufrir discriminación y a negarle el derecho constitucional a educarse en una escuela pública.

Pero sigamos debatiendo. Si la característica que tiene el velo es que “está cargado de toda una simbología moral, de recato, separación de los sexos y supeditación al varón”, como afirma Rosa María Rodríguez Magda en una entrevista concedida a El minuto digital (11), entonces ¿por qué las nuevas generaciones de mujeres musulmanas quieren llevarlo voluntariamente y, en algunos casos, incluso lo hacen contra la opinión de su entorno? ¿Por qué se rebelan contra los que intentan vulnerar sus derechos, sean musulmanes o no, si son sumisas? ¿Esas musulmanas no cuentan en sus análisis sociológicos objetivos y científicos?

Lo que no sabe, o más bien, no quiere saber, es que desde hace unos veinte años, en ese mismo país en el que se ha prohibido llevar el velo en la escuela, cada vez hay más adolescentes que deciden llevarlo, ya sea como una reivindicación religiosa o de identidad. Son francesas y se definen como “feministas y musulmanas”, exigen tanto llevar velo libremente como luchar contra la obligación de llevarlo. Desconciertan a los políticos y a los sociólogos, a los profesores y feministas de cualquier tipo porque les obligan a cuestionar las representaciones de estas jóvenes que han elaborado.

No es cierto que todos los movimientos feministas franceses estén a favor de la ley contra el velo, ni que los que están en contra sean sólo musulmanes.

Si las asociaciones representantes del Islam institucional aceptaron la ley contra el velo, fue a cambio de asegurarse la elección en el CFCM (Conseil Français du Culte Musulman). Ni siquiera se tomaron la molestia de integrar a las mujeres en el pseudo-debate.

Por otro lado, para Christine Delphy, militante histórica por los derechos de las mujeres, se trata de una ley racista. Y arremete contra las feministas antivelo reprochándoles que “el feminismo debe ser mundial o sino no es feminismo. Debe tener en cuenta las luchas de todas las mujeres del mundo, y de todos los grupos de mujeres. Esas mujeres [las que llevan velo] sólo pueden luchar a partir de su propia vida y de su propia experiencia. Un feminismo que excluye la vida y la experiencia de ciertas mujeres no puede ser válido”.

Visto lo visto, darle carta blanca a Fadela Amara y compañía para hablar de feminismo islámico es lo peor que podríamos hacer en España, entre otras cosas porque no sólo no lo representa sino porque está en contra de sus postulados al asociar Islam y opresión contra las mujeres.

Como afirma Ángeles Ramírez, profesora de Antropología de la UAM: “Nuestra islamofobia se sustenta en buena parte sobre la situación de las mujeres de “los otros”. La islamofobia, además, argumentada y justificada a partir de una crítica a la situación de las mujeres musulmanas, sobre todo las del pañuelo, que parece que necesitan ser salvadas” (12).
Antes de salvarnos de nada, se nos debe escuchar. ¿Pero las musulmanas podemos acceder a cualquier tipo de debate público sin vender nuestra alma? ¿Vale la pena entrar en un debate artificial creado a partir de prioridades ajenas a las nuestras?

Notas

(1) Estudio sobre la “Acción de prevención de comportamientos sexistas, dirigida a adolescentes menores de 15 años”, p.4

(2) En el presupuesto previsto para 2003, se calculó una financiación pública de 466.143 €, es decir, el 91,6% de las entradas. http://www.ufcn.org/npns.pdf
(3) En una nota de prensa muy escueta de Le Figaro, del 17 de noviembre de 2004.
(4) Uno de los objetivos de la asociación es apoyar al Estado de Israel.
(5) Artículo de Elise Lemercier
(6) Artículo aparecido en Le Monde, el 26 de abril de 2005.
(7) Reportaje “Abrazadas al Islam” publicado el 14 de enero de 2007 en El Periódico de Cataluña.
(8) Se pueden consultar los estudios de la socióloga Amel Boubekeur
(9) Según un artículo publicado en Libération, el 6 de marzo de 2004.
(10) El gobierno quiere promover el debate sobre la presencia de signos religiosos en el espacio público.
(11) Se puede leer la entrevista en http://www.minutodigital.com/noticias2/3493.htm

Creación del primer Congreso Internacional de Consulta de Mujeres Musulmanas

Ndeye Andújar y Pamela Taylor en el hotel Westin de Nueva York donde se celebró la conferencia.
Ndeye Andújar y Pamela Taylor en el hotel Westin de Nueva York donde se celebró la conferencia.

Del 17 al 19 de noviembre de 2006 se ha celebrado en Nueva York una conferencia internacional titulada WISE: Women’s Islamic Initiative in Spirituality and Equity, sobre el liderazgo de las mujeres musulmanas. Durante tres días, unas cien mujeres líderes en diferentes ámbitos (académico, religioso, artístico, político y empresarial) se han reunido para elaborar estrategias comunes en la defensa y la promoción de los derechos de las mujeres musulmanas. Ndeye Andújar, vicepresidenta de Junta Islámica Catalana, ha participado en el evento.

Las mujeres siempre han participado en la evolución de las sociedades. En los inicios del Islam ya planteaban cuestiones “modernas” como el derecho a la participación política, criticaban las tradiciones preislámicas y exigían que se respetara el nuevo mensaje liberador. Las mujeres del Profeta desempeñaron un papel muy importante en la sociedad de Medina del siglo VII. Podemos mencionar ejemplos como la participación de Aisha en la famosa batalla del camello o la insistencia de Umm Salama, sobre por qué el Qur’án se dirigía únicamente a los hombres, hasta que descendió un versículo igualitario y esclarecedor: no sólo el Qur’án se dirigía a los hombres y a las mujeres por igual, sino que Dios escuchaba las reivindicaciones de las mujeres.

En ese sentido, las mujeres que defendemos nuestros derechos en nombre del Islam seguimos el ejemplo de las ummahat al muminin (las madres de los creyentes) y las sahabiyat (compañeras del Profeta). Al siratal mustaqim es un camino que nos exige ser justos, ecuánimes y respetuosos entre los hombres y las mujeres. Dice el Qur’án “Ellas son una vestimenta para vosotros y vosotros sois una vestimenta para ellas” (2-187).

Por desgracia, la igualdad inequívoca que defiende el Qur’án ha dejado de aplicarse en nuestras sociedades. En diferentes partes del mundo se alzan voces que denuncian la discriminación que sufrimos las mujeres debido a la tergiversación del mensaje divino. Pero para que nuestras reivindicaciones sean más eficaces y legítimas es necesario que las mujeres accedamos a la interpretación de las fuentes del Islam.

El grupo de mujeres que nos reunimos en Nueva York era muy diverso, no sólo en cuanto a la procedencia geográfica y al tipo de profesiones que ejercemos, sino también por nuestras diferentes ideologías, religiones y políticas individuales. Pero más allá de las diferencias, nos unía la exigencia de un cambio positivo respecto a la situación de las mujeres y por ende, una mejora de nuestras sociedades en general. Durante la conferencia trabajamos sobre los siguientes temas:

• El empoderamiento de las mujeres por otras mujeres
• Debate ecuménico
• Activistas guiadas por la fe: barreras y posibilidades
• Liderazgo espiritual de mujeres
Iÿtihad: mujeres (re)intérpretes
• Iniciativas para una justicia social
• Creación del Consejo Internacional de Consulta

El panel más polémico pero a la vez clave fue el del iÿtihad (esfuerzo interpretativo). Algunas de las cuestiones que nos planteamos fueron: “¿por qué es necesario que las mujeres podamos interpretar las fuentes islámicas? ¿Hay alguna diferencia si lo hace un hombre o una mujer? ¿Qué implica esta reivindicación? ¿De qué manera puede mejorar la situación de las mujeres?”. Los debates fueron muy acalorados, sobre todo cuando se abordó el tema de las declaraciones de Jack Straw sobre el niqab en el Reino Unido…

En teoría, las mujeres pueden interpretar las fuentes islámicas, no hay nada en el Qur’án que se lo prohíba, pero en la práctica nos topamos con muchas dificultades y oposición. Como dice Asma Barlas:

“A lo largo de prácticamente toda nuestra historia, la mayoría de los musulmanes ha interpretado el Qur’án como un texto patriarcal e incluso misógino. Pero cuando algunos expertos contemporáneos han comenzado a defender que estas interpretaciones guardan relación con quién ha leído el Qur’án, cómo y en qué contextos, los musulmanes conservadores se han parapetado detrás del baluarte de la tradición. De este modo, rechazan, en el nombre de la tradición, nuevas lecturas del Qur’án, sobre todo si proceden de mujeres, tanto porque esas lecturas alteran los significados atribuidos al texto por exégetas varones como porque, el hacerlo, representan una amenaza para los papeles tradicionales de los hombres como intérpretes del conocimiento religioso. Así, los conservadores pueden descartar las interpretaciones femeninas sin siquiera haberlas leído”.

(Texto, Tradición y Razón: Hermenéutica coránica y política sexual)

No sólo las mujeres deben acceder a la interpretación del Qur’án (aunque esto es fundamental), sino que para que las cosas cambien, la interpretación debe tener un enfoque femenino igualitario. No hace falta ser un hombre para defender una lectura patriarcal y misógina del Qur’án. Por desgracia, los fundamentalistas están utilizando a las mujeres con fines políticos. Saben que somos una pieza clave para la democratización de las sociedades musulmanas.

Entre las participantes americanas, se encontraba Laleh Bakhtiar, una eminente intelectual musulmana y discípula de Seyyed Hossein Nasr, que acaba de realizar la primera traducción del Qur’án en inglés hecha por una mujer. Laleh llevó a cabo un estudio minucioso sobre el controvertido versículo 4:34 que en muchas versiones se traduce según el significado convencional “Pero a aquellas [mujeres] cuya animadversión temáis, amonestadlas primero; luego dejadlas solas en el lecho; luego pegadles; pero si entonces os obedecen, no tratéis de hacerles daño”. La traducción que propone es “iros” en lugar de “pegadles”, porque es una de las acepciones de la raíz árabe D R B (daraba) que concuerda mejor con el sentido de la frase, y sobre todo, porque es exactamente lo que hizo el Profeta cuando tuvo una desavenencia con sus mujeres. Se fue, se apartó de ellas durante un mes, pero nunca las maltrató.

Por otro lado, la idea de formar a un grupo de mujeres para convertirse en muftiya (eruditas que pueden emitir fatâwâ) surgió a raíz de una anécdota muy significativa. En julio participé en una conferencia en Dinamarca titulada Muslim Leaders of Tomorrow, organizada por Asma Society (asociación musulmana americana que también ha organizado la conferencia en Nueva York). En uno de los debates, Kecia Ali, profesora de Religión de la Universidad de Boston, estaba comentando la importancia del imamato femenino cuando de repente un hombre del público se levantó y le dijo que cuando ella fuera una muftiya entonces él se sentaría a sus pies y seguiría sus enseñanzas. Lo que quería decir es que hasta que las mujeres no tuvieran los conocimientos suficientes para emitir un pronunciamiento legal, sus opiniones no tendrían ninguna credibilidad ni legitimidad entre la comunidad musulmana.

El Consejo Internacional de Consulta de mujeres musulmanas estará formado por siete eruditas que podrán emitir fatâwâ, pero también habrá abogadas, científicas, académicas, etc. que se encargarán de trabajar sobre todos los aspectos que afectan a las mujeres musulmanas y lucharán contra dos estereotipos frecuentes que consisten en asociar el Islam con la opresión de las mujeres y con el terrorismo.

Durante el primer año intentaremos ponernos de acuerdo sobre las funciones del Consejo, cuál será su adaptación local, el impacto que tendrá y cuál será el apoyo de la comunidad musulmana. Además, se concederán unas becas para formar a un grupo de muftiya durante los próximos diez años.

Pienso que la creación de este consejo es muy importante para asegurarnos de que las perspectivas de las mujeres en la ley islámica formen parte del debate religioso (sobre todo en cuestiones tales como la violencia doméstica, el divorcio y la herencia). El liderazgo de las mujeres es necesario para ser más justos, no por el mero hecho de acceder al poder. No se trata de sustituir un patriarcado por un matriarcado, sino de respetar los preceptos genuinos del Islam que defienden la igualdad ontológica entre los hombres y las mujeres, que se sitúa por encima de las diferencias biológicas.

Sabemos que hay muchas resistencias y dificultades. Todavía está por ver cómo se va a solucionar el problema de la formación. Por un lado, si las mujeres nos tenemos que formar en las universidades islámicas “autorizadas” por los ulema, no tendremos mucho margen para el cambio y repetiremos las enseñanzas tradicionales que discriminan a las mujeres. Pero por otro, si nos formamos en las universidades occidentales, careceremos de legitimidad en el mundo musulmán. Sea como sea, los cambios ya se están produciendo y no hay vuelta atrás. Las nuevas generaciones están planteando nuevos desafíos que no podemos silenciar ni ocultar por más tiempo.