Indignada


No sé ni por dónde empezar. La indignación me invade. Se trata de una mezcla entre decepción, sentimiento de engaño y rabia.

Cuando era pequeña me educaron haciéndome creer que no había diferencias de género, que eso era cosa de antes, pero en las reuniones familiares, quienes nos levantábamos para servir y quitar la mesa éramos las mujeres mientras los hombres hablaban de sus cosas.

También me hicieron creer que no había diferencias raciales ya que en realidad las razas no existen.  Pero cuando se afirma que hoy en día nadie es racista lo que quiere decir es que nadie lo es mientras no se vea en la tesitura de tener que defender sus privilegios, su identidad, su superioridad.

Me explicaron que mi país era aconfesional y que, por lo tanto, no había ninguna religión por encima de otra. Pero nadie me habló de la existencia de un concordato entre el Estado y la Santa Sede ni de que ser musulmana significaría tener que ser percibida como una traidora y una renegada.

Creía de manera ingenua en los discursos buenistas de la ciudadanía, la integración, la igualdad. Y pensaba (¡tonta de mí!) que el mestizaje era un horizonte ideal al que deberíamos tender, que trascendería por arte de magia cualquier diferencia. ¡Hasta me creí que existía la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral si te esforzabas lo suficiente!

La vida se encargó de mostrarme una realidad muy diferente: el machismo, el racismo, el clasismo no han desaparecido. Simplemente han adoptado formas distintas, algunas antiguas y otras nuevas.

Nos estafaron cuando nos hicieron creer que podíamos cambiar la realidad, nuestro legítimo sentimiento de injusticia, de forma individual. Que todo dependía de nuestra voluntad, de nuestro esfuerzo personal. La exacerbación del individualismo lo que ha supuesto es el triunfo del liberalismo y ha permitido desarticular en parte cierto activismo político social.

Llevo muchos años en la lucha feminista, contra la islamofobia y el racismo. Tengo que confesar que en más de una ocasión he querido tirar la toalla. He tenido que hacer altos en el camino para poder reponerme de la violencia que recibimos las personas que nos exponemos públicamente.

Pero aquí sigo, con mis dilemas, mis dudas y mis contradicciones, intentando desbrozar el camino para ver cómo transformamos nuestra indignación en una fuerza colectiva que provoque un cambio  real en las relaciones de poder. Sin esa condición previa, todo activismo estará abocado al fracaso o simplemente servirá para mantener un compromiso de fachada, y por lo tanto, para perpetuar las discriminaciones.

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2 respuestas a “Indignada

  1. Mireia Herrera 22, diciembre, 2017 / 1:25 pm

    Por favor Natalia, no defallezcas, hace falta mucha gente como tu. Un abrazo y muchos recuerdos.

    • Natalia Andújar 6, enero, 2018 / 4:09 pm

      Gracias, Mireia. Qué ilusión leerte. Feliz Año Nuevo!

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